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Rostros del hombre

Diego Arbeláez

"¿Quién se da cuenta de sus propios errores? ¡Perdona, Señor, mis faltas ocultas!"
(Salmos 19:12).

¿Ha notado que nosotros podemos crear una variedad de imágenes con un mismo rostro?: Tristeza, preocupación, alegría, enojo, sorpresa.

En lo moral, todo hombre presenta, por lo menos, cuatro rostros diferentes:

El primero es esa imagen noble y virtuosa que tratamos de presentar en sociedad. En público vendemos una imagen de gala: somos atentos, generosos, educados y amistosos. Todo el mundo ve nuestra apariencia, pero pocos saben lo que realmente somos.

Cito el caso de un hombre cascarrabias, caprichoso, quisquilloso y tacaño con su familia que le negaba a su mujer hasta el dinero para comer, acusándola de ser capaz de arruinar a un millonario. Pero si llegaba una visita, el tigre se convertía en un manso cordero, mostrándose cortés, comunicativo y generoso como por arte de magia. Su hija menor le suplicaba que se portara siempre como en visita... pero tan pronto partía la visita, la brusquedad renacía, la cortesía se acaba y el antipático tigre seguía enfurecido con la familia.

El segundo rostro que tenemos entonces es ese de todos los días, el que conoce bien nuestra familia y los que viven con nosotros. Por eso es que, la mejor manera de conocer bien a otra persona, es vivir en su casa. Pronto se sabe de él muchas cosas que no se sabían antes. Fuera de la casa se puede llevar una máscara, pero es más difícil en la casa. El verdadero hombre es el que está escondido detrás del hombre.

Cierta mujer, en una fiesta se sentó junto a una amable pareja de edad. El marido, que lucía muy educado y considerado, platicó largo y tendido sobre su trabajo, sus hobbies y muchos temas más. Unas horas más tarde, la mujer le comentaba a la esposa de éste:

- Su marido es una persona muy interesante.

Ella la miró solemnemente y le susurró:

- Para ir de visita es muy agradable, pero usted no aguantaría vivir con él ocho días

.

Dice un sabio: "La talla de las estatuas disminuye alejándose de ellas; ¡la de los hombres disminuye aproximándose!"

¡Qué bueno sería que pudiéramos vernos a nosotros mismos como nos ve la familia!

Lo triste es que, generalmente no nos preocupa que nuestra familia tenga de nosotros una imagen mala. "Yo soy así", - decimos fácilmente -, "no es mi culpa; ese es mi carácter".

El tercer rostro del hombre es su imagen personal: Es como se ve él mismo en el espejo de su propia conciencia. Los demás a lo mejor lo aprueban y lo admiran pero él mismo muchas veces no se aprueba y hasta pude sentir vergüenza de sus acciones.

Cuántas veces al mirarnos detenidamente no encontramos por qué sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Al contrario. ¡Podríamos avergonzamos secretamente de una acción, de una palabra o de un pensamiento indigno! Es más fácil ser sabio para los demás que para uno mismo. El apóstol Pablo confiesa su malestar con su propia conducta con estas palabras:

"Porque yo sé que en mí, es decir, en mí naturaleza de hombre pecador, no hay nada bueno, pues aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer… veo en mí algo que se opone a mi capacidad de razonar; es la ley del pecado, que está en mí y que me tiene preso. ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará del poder de la muerte que está en mi cuerpo?"

El cuarto rostro del hombre, es el que descubre en nosotros el Dios Justo y Santo, ante quien "todas las cosas están desnudas". Solamente Dios puede juzgar lo íntimo de cada uno. En realidad, este es el rostro que más importancia tiene ya que, en definitiva, en el juicio final, tendremos que vérnosla, no con la opinión de los hombres, ni con la nuestra, sino con la de Dios.

¿Ha pensado alguna vez en pedir a Dios que le permita verse a usted mismo tal como él lo ve?

Lo que cuenta no es lo que tratamos de aparentar ante los demás sino lo que somos ante Dios. Si usted cree que no tiene una buena imagen delante de Dios, busque humildemente su perdón, pida la regeneración espiritual. Dios, con su Santo Espíritu, le dará una nueva personalidad de la que usted se sentirá orgulloso porque será, nada menos que, ¡una personalidad semejante a la de Cristo Jesús!

"El rostro es una carta que lleva escrito lo que usted tiene por dentro".

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